El zorro y el cuervo
Había una vez, en un bosque lleno de robles altísimos, un cuervo negro y brillante que le encantaba volar de rama en rama en busca de algo bueno para comer.
Una mañana, pasando cerca de una casita de campo, vio algo amarillo que brillaba en un alféizar: era un buen trozo de queso, olvidado allí por una despistada ama de casa. El cuervo no lo pensó dos veces: lo agarró con el pico y voló, feliz, hasta posarse en una rama alta de un gran árbol, bien lejos de miradas indiscretas.
Pensó, hinchando las plumas con satisfacción:
“Por fin podré comer en paz.”
Pero justo en ese momento, bajo el árbol, pasaba un zorro de pelaje rojo y ojos astutos. Su fino olfato percibió enseguida el aroma del queso, y al levantar la vista vio al cuervo posado con su tesoro en el pico.
Pensó el zorro, relamiéndose los bigotes:
“Qué hambre tengo. Pero ese cuervo está demasiado alto para que pueda alcanzarlo de un salto. Tendré que usar la astucia.”
Se sentó justo al pie del árbol, alzó los ojos hacia el cuervo y dijo con voz dulce y melosa:
“¡Buenos días, hermosísimo cuervo! Nunca había visto unas plumas tan negras y brillantes, parecen hechas de noche estrellada. ¡Y qué porte tan elegante, casi real!”
El cuervo, que no estaba acostumbrado a recibir cumplidos, se hinchó aún más de orgullo, pero no abrió el pico: no quería dejar caer su preciado queso.
Al ver que el primer intento no bastaba, el zorro continuó:
“Lo único que me pregunto es si tu voz será tan bonita como tu aspecto. He oído decir que los cuervos tienen el canto más melodioso del bosque, pero tienes que demostrármelo. ¡Canta para mí, te lo ruego, aunque sea una sola nota!”
Ante esas palabras, el cuervo ya no pudo resistir la tentación de mostrar su talento. Hinchó el pecho, abrió el pico de par en par y lanzó un fuerte “¡CRAA!” con todo el orgullo que pudo.
Pero justo en ese instante, el queso se le escurrió del pico y cayó abajo, abajo, abajo, hasta aterrizar justo entre las patas del zorro, que lo esperaba listo para atraparlo.
Dijo el zorro riendo, mientras agarraba el queso:
“Muchas gracias por el regalo, querido cuervo. Y recuerda: no todos los que te llenan de cumplidos lo hacen por amistad.”
Dicho esto, escapó entre los arbustos, dejando al cuervo solo, sin queso y sin ganas de cantar.
El cuervo se quedó largo rato en su rama, en silencio, reflexionando sobre lo ocurrido. Desde aquel día aprendió una lección muy valiosa: hay que pensar bien antes de creer a quien nos colma de cumplidos demasiado dulces, sobre todo si un momento antes nos miraba con ojos llenos de hambre.